Regreso a Padova
Padova es uno de esos proyectos que empiezan con una premisa clara, pero poco a poco pierden dirección. Empiezas con una idea sólida, pero luego te distraes con cosas que en realidad no importan tanto. Sientes que algo no termina de funcionar, lo ignoras, el proceso se estanca y, eventualmente, lo abandonas.
Vale la pena señalar que este proyecto fue mi primer intento de diseñar una tipografía para texto. Desarrollado como proyecto principal durante el programa de Type@Cooper West en San Francisco, se remonta a ya bastantes años atrás.
¿Conoces ese dicho de “no muerdas más de lo que puedes masticar”? Bueno, Padova fue exactamente eso. En ese momento, no tenía las habilidades visuales ni técnicas para llevar a cabo un proyecto así, pero sí tenía la energía —y la inocencia— para creer que podía hacerlo.
Hoy ya no tengo esa inocencia, pero al menos tengo la audacia de intentarlo de nuevo.
Sanvito como punto de partida
La idea surgió de mi fascinación por los manuscritos de Bartolomeo Sanvito, que estudiamos en la clase de Ewan Clayton. La historia de Sanvito es fascinante. Nació en Padua en 1433 y se formó en cursiva gótica; más tarde desarrolló un estilo distintivo de escritura itálica, documentado por primera vez a mediados de la década de 1450. Su trabajo llamó rápidamente la atención de destacados humanistas venecianos y de mecenas adinerados.
Aunque su estilo no era del todo único, ya que formaba parte de un movimiento caligráfico regional en Padua, su ejecución tenía un toque claramente personal, especialmente en sus capitales y en ciertas decisiones estilísticas. Una de sus marcas distintivas fue el uso de capitales alternadas en color. No inventó la idea, pero la refinó, pasando de imitaciones tempranas rígidas a formas más frescas y vivas.
Como muchos artistas del Renacimiento, Sanvito se sintió atraído por la idea de reinterpretar la herencia clásica romana. Pero, en lugar de simplemente copiar las formas clásicas, las abordó de una manera más expresiva y ligada al oficio que puramente racional. A diferencia de interpretaciones más frías y monumentales de la inscripción de la Columna de Trajano, sus capitales tenían calidez y personalidad. Eran vivas, juguetonas, a veces incluso caprichosas, pero siempre bellamente refinadas.
Aunque sus capitales son aquello por lo que más se le reconoce, sus minúsculas son igual de interesantes. En términos modernos, su escritura podría describirse como un híbrido entre formas verticales e itálicas. Mientras muchos de sus contemporáneos ya se habían movido hacia estilos itálicos completamente cursivos, la mano de Sanvito combinaba la estructura de una escritura más lenta y deliberada con la fluidez de una escritura más rápida. Su trabajo se movía entre la gracia de la velocidad y el control cuidadoso de la ejecución lenta, lo cual se convirtió en uno de sus rasgos distintivos.

Algunos estudiosos creen que las primeras tipografías romanas de metal pudieron haberse inspirado en su caligrafía, o en estilos muy cercanos a ella. Los tipos móviles de Nicolas Jenson, por ejemplo, comparten similitudes claras. Más allá de la estética, el diseño tipográfico temprano también tenía que responder a limitaciones técnicas. Convertir una letra manuscrita en un glifo de metal implicaba repensar la forma.

Un buen ejemplo es la g minúscula. Si el diseño de Jenson estuvo influido por el de Sanvito, se puede ver cómo la cola grande y redondeada del escriba, como una bolsa colgante, habría sido difícil de encajar en el espacio reducido de un bloque tipográfico. La forma tuvo que aplanarse, el cuello desplazarse hacia un lado y se añadió un elemento extra para equilibrar la figura. En muchos sentidos, lo que hoy entendemos como “clásico” en el diseño tipográfico latino no surgió solo de decisiones estilísticas, sino también de la adaptación a la tecnología de su tiempo.

Con Padova, no buscaba copiar la mano de Sanvito, sino crear una interpretación contemporánea que funcionara dentro de las convenciones tecnológicas actuales. Mi objetivo era estudiar su caligrafía a profundidad y diseñar una tipografía moderna y usable, capaz de capturar el tono y la personalidad de sus manuscritos sin reproducir exactamente sus formas.
Un proceso lleno de tropiezos
Este proyecto ha pasado por varios falsos comienzos. El primer intento, allá por 2016, se llamó Victus. Tenía cierto encanto, pero a menudo se sentía indeciso, plano y un poco inseguro, como si no terminara de saber qué quería ser. En 2018 intenté llevarlo a los extremos de peso y contraste. Eso tampoco salió muy bien. Los pesos más pesados terminaron sintiéndose torpes, y los estilos de texto quedaron demasiado densos. Esta versión sí se acercó más a la personalidad caligráfica de Sanvito, pero nunca me convenció del todo, y eventualmente me alejé del proyecto.

Cuando volví a él, mi principal reto fue definir de una vez por todas la personalidad del proyecto, encontrar el punto justo entre algo escrito y algo tipográfico, entre lo funcional y lo expresivo.

Lo primero que llamó mi atención fueron las serifas. En la caligrafía de Sanvito tienen un carácter muy particular, con trazos de transición hechos con pluma ancha que a veces muestran una ligera ondulación. Incluso después de estudiarlas de cerca, mis primeros intentos de diseño fueron torpes. Me enfoqué demasiado en el contorno y no lo suficiente en la estructura que les daba forma. Poco después solté la idea de unas serifas “orgánicas” y avancé hacia una forma más abstracta, que se sentía más fiel a la dirección que el proyecto necesitaba.

En las versiones anteriores, la relación entre romanas e itálicas era una de las rarezas más evidentes. Las itálicas eran anchas y redondeadas, y las romanas tenían una inclinación de un grado. La idea era hacer eco del espíritu de sus manuscritos, pero en la práctica solo complicaba todo. Para esta última versión, hice las itálicas más condensadas y ligeras, y las romanas volvieron a una postura completamente vertical. Ese pequeño cambio trajo un equilibrio muy necesario.

La idea de tener dos subfamilias, Text y Display, estaba presente desde 2016, pero nunca la había probado realmente. No había pruebas de rendimiento ni comparaciones lado a lado. Simplemente confié en mi intuición. El resultado fue una Display que se sentía plana y una Text que se sentía rígida. Así que empecé de nuevo, con proporciones ajustadas. Esta vez me enfoqué en crear una Display más brillante y viva, y una Text más clara y ligera. También redefiní el espacio de diseño y el peso Black para asegurar una versión variable más estable y consistente.

Viéndolo en retrospectiva, sí, hubo algunos tropiezos en el camino, pero honestamente no fue tan caótico. Cada paso me acercó a entender qué necesitaba ser esta tipografía. Puede que esta versión no sea perfecta, pero es el último gran rediseño. De aquí en adelante habrá ajustes y actualizaciones, pero no más reconstrucciones completas. A veces simplemente hay que trazar una línea y decir: “Esto ya es suficientemente bueno para seguir adelante”.